¿Hasta dónde y con quién? Acá te cuento cómo forjé la relación que muchas veces es la más tensa de un emprendedor.
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SUSCRIBITE¿Hasta dónde y con quién? Acá te cuento cómo forjé la relación que muchas veces es la más tensa de un emprendedor.
Hay un interlocutor, que como buen emprendedor, siempre queremos evitar: el sindicato. Ese socio obligado a veces puede ser la solución para nuestros problemas y otras veces la fuente de los mismos.
Bailando el tango
Nacidos en un contexto de leyes laborales tan nuevas que por desconocimiento o por falta de regulación no se aplicaban, los sindicatos fueron aquello que los empleados tanto adoraron y los empleadores tanto temieron. Fuente de justicia, poder, corrupción y dinero.
La primera vez que me tocó entrar a la oficina de uno tenía todos los estereotipos habidos y por haber. Tenía 26 años y una vestimenta que no era la del típico dueño que impone autoridad.
Me faltaba barba, presencia y conocimiento. Pero cuando entré y vi el mate sobre el escritorio supe lo que tenía que hacer. No podía fallar. Era la excusa ideal. La técnica de empatía argentina infalible. Y le pedí uno.
Me dijo que estaba medio lavado, que lo tomaba dulce, que capaz estaba frío. Hacía años que yo lo elegía amargo y caliente, pero tampoco estaba mal y la calabaza de pezuñas de caballo me causó gracia. “No pasa nada”, le dije, y lo tomé.
Con ese simple gesto rompí el hielo que separa a los empleadores de los defensores.
Demostré que por fuera de los roles sociales que ocupamos, éramos dos que iban a tomarse unos mates y debatir cuestiones con las que no estábamos de acuerdo. Nada que no hicieran dos amigos antes de la grieta.
La reunión era a causa de un empleado al que habíamos despedido. Quizás yo no tenía el cien por ciento de las razones administrativas para hacerlo, pero sí las empíricas.
Perdonar ese comportamiento me traería un problema a futuro y daría un pésimo ejemplo a los compañeros. El sindicalista lo sabía, pero teníamos que negociar.
Mate tras mate le expuse mi punto. Le expliqué las razones de mis decisiones.
Que si bien eran poco fundadas y no tenía las pruebas suficientes, yo estaba seguro de ellas. Y para mi sorpresa, me dio la razón. Pero (siempre hay un pero) mi estrategia no era la mejor. Me propuso un curso de acción con el mismo final, pero con pasos intermedios.
Como dije en la columna de negociar, muchas veces nos vemos en la obligación de aceptar algo por más que no estemos del todo de acuerdo y por más que me duela: el fin (a veces) justifica los medios.
Así que hicimos lo que me propuso. El siguiente caso fue parecido y actuamos igual. Más tarde llegaron situaciones que demandaron discusiones tensas, enfrentar al abogado de la institución y soportar alguna que otra amenaza de empleados enojados. Pero siempre dentro de lo razonable, o lo que para mi imaginario era esperable.
Hasta que un día llegaron las elecciones. Y con ello la postulación política y el pedido de colaboración. Negarme era una opción, claro que lo era, siempre se puede decir que no. A lo que uno no puede negarse es a las consecuencias de nuestros no.
Por supuesto que dije que sí. Mis fondos compraron afiches, gráficas y a fin de cuentas: votos. Estaba poniendo mis intereses económicos en juego por causas que no compartía. Mi consuelo fue pensar que si no era yo, era otro quien lo financie. “Todos lo hacen”, me dije y me creí.
Ese delicado juego de poder y dinero no me gustó. Decidí alejarme.
Los mates que iba a tomar para hablar de cada situación dudosa que enfrentaba, se convirtieron en una llamada por teléfono o un mensaje para avisar lo que podía llegar a pasar. No fomenté el vínculo, sino que sostuve la negociación.
Y cuando llegó uno de los problemas complejos, no me defendieron como lo hubiesen hecho cuando el mate me sumaba a la ronda de charla. Lo hicieron en la medida justa. Pero ya había pasado los 30, varias indemnizaciones y algún juicio; así que podía soportarlo.
Me di cuenta que ya no contaba con la ayuda de ese socio que había logrado que esté de mi lado. Tal vez tuve suerte. Capaz supe entrar y salir cuando tenía que hacerlo. Y jugar bien mis cartas en un juego donde los límites no existen.