Por Laura Polonsky. La competitividad empresarial va cambiando el mapa. Durante décadas, las organizaciones se diferenciaron por distintos factores y pilares como la calidad de sus productos, la eficiencia de sus operaciones o su capacidad de innovar.
Hoy, a esos factores se suma uno nuevo: la capacidad de demostrar, con datos, cómo gestionan su impacto y sus riesgos.
El desafío de la competitividad
La sostenibilidad, la transparencia y la gobernanza dejaron de ser iniciativas complementarias para convertirse en variables que influyen directamente en el acceso a mercados, financiamiento y oportunidades de crecimiento, transformándose en temas estratégicos de agenda.
En un contexto marcado por la descarbonización, el avance de la Inteligencia Artificial y el incremento de las exigencias regulatorias, las organizaciones enfrentan una nueva realidad, ya no alcanza con hacer las cosas bien, también es necesario tener la posibilidad de tener las evidencias, y llevarlas a las partes interesadas como reportes de gestión.
Este cambio no ocurre únicamente por una mayor conciencia empresarial. Está siendo impulsado por regulaciones, cadenas de valor e inversores.
La Unión Europea, por ejemplo, avanza en marcos regulatorios vinculados a la sostenibilidad y la trazabilidad, mientras que bancos y entidades financieras incorporan cada vez más criterios ASG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza) en sus procesos de evaluación.
En paralelo, el mercado financiero también evoluciona. Instrumentos como los bonos verdes y los bonos vinculados a la sostenibilidad continúan creciendo a nivel global, permitiendo canalizar inversiones hacia proyectos con impacto ambiental y social medible.
Como consecuencia, las organizaciones comienzan a incorporar estándares y herramientas internacionales que les permiten medir, gestionar y comunicar su desempeño.
Entre los más relevantes se encuentran Global Reporting Initiative (GRI), los criterios ASG, las normas ISO y certificaciones reconocimiento y evaluación como Empresa B y EcoVadis, que hoy funcionan como un lenguaje común entre empresas, inversores y partes interesadas.
La magnitud de este cambio es evidente: según GRI, las organizaciones que utilizan sus estándares representan más del 60% de la capitalización bursátil mundial y están presentes en más de 100 jurisdicciones.
El reporte dejó de ser una práctica reservada para grandes compañías; se está convirtiendo en un requisito para participar en determinados mercados.
Además, el Movimiento B ya reúne a más de 10.700 empresas B en 104 países.
En Argentina, la comunidad alcanza las 292 Empresas B, lo que posiciona al país como el segundo de Latinoamérica y el décimo del mundo por cantidad de empresas certificadas.
Están presentes en 30 industrias, desde alimentos y tecnología hasta finanzas, logística y manufactura.
A su vez, EcoVadis cuenta con más de 150.000 empresas calificadas en más de 175 países.
¿Qué significa, en términos concretos, demostrar desempeño?
Significa contar con información confiable para tomar decisiones y responder preguntas que hace algunos años eran opcionales:
¿Cómo se gestionan los riesgos asociados a la Inteligencia Artificial?
¿Cómo se mide y gestiona la huella de carbono de la organización?
¿Qué indicadores respaldan las políticas de diversidad e inclusión?
¿Cómo se garantiza la seguridad de la información?
¿Qué mecanismos existen para asegurar la transparencia y el cumplimiento?
Para responderlas, las empresas avanzan en la elaboración de inventarios de Gases de Efecto Invernadero (GEI), la medición de huella de carbono en los alcances 1, 2 y 3, el monitoreo del consumo energético, la gestión de residuos y el análisis de eficiencia en el uso de recursos.
La dimensión social y la gobernanza adquieren, asimismo, un rol cada vez más relevante. Indicadores vinculados con equidad de género, formación continua, salud y seguridad laboral, satisfacción de clientes, ética corporativa, ciberseguridad, gestión de riesgos y cumplimiento normativo forman parte de una mirada integral sobre el desempeño organizacional.
En este escenario, las normas ISO continúan siendo herramientas fundamentales para estructurar esa gestión. Estándares como ISO 9001 (Gestión de la Calidad), ISO 14001 (Gestión Ambiental), ISO 27001 (Seguridad de la Información) e ISO/IEC 42001 (Gestión de Sistemas de Inteligencia Artificial) permiten establecer procesos sólidos, comparables y alineados con las nuevas demandas del entorno.
Sin embargo, medir y reportar no son el fin en sí mismos.
El verdadero valor aparece cuando la información se transforma en estrategia.
Las organizaciones que utilizan estos datos para identificar oportunidades, anticipar riesgos y fortalecer la confianza con sus grupos de interés serán las que estén mejor preparadas para afrontar los desafíos de la próxima década.
Porque, en un mercado que exige evidencia, las empresas ya no compiten únicamente por precio, innovación o talento. Sino que compiten por su capacidad de demostrar cómo crean valor, cómo gestionan sus impactos y cómo se preparan para el futuro.
Laura Polonsky, directora de Mind & Process.
https://ar.linkedin.com/in/laura-polonsky-3287312