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Emprendedor

Emprender/Frustrarse, by un millennial

29 de enero de 2019 - 13:17

Por Facundo Eneas Garriz. Hola, soy un millennial. Uno que, finalmente, conoció la frustración.

Dicen que nacimos sin la capacidad de frustración dada la disponibilidad de herramientas para conseguir todo lo que deseamos.

Desde las respuestas de Wikipedia que nos salvaron de exámenes, pasando por los tutoriales de YouTube que nos enseñaron a instalar aquello que compramos por internet sin siquiera haber salido de casa, hasta el complejo Siri/Alexa que nos hace sentir unos Tony Stark con 3G del tercer mundo.

Pero todo llega.

Lo dice este millennial - frustrado - mientras lee en una bicicleta fija porque siente que así duplica su productividad.

El "Wanna be Millennial" no resiste tiempo, billetera, cafeína ni tratamiento anti-age. Queremos ser todo eso que seguimos en Instagram... pero al mismo tiempo. El #booklogger nerd que lee, el #Fitter con abdomen marcado, el #TravelLogger sin presiones financieras, el #Entrepreneur que da seminarios.

“Necesitamos” ser felices y que aquellos que ya lo son nos den el like que nos ayude a conseguir el tilde en twitter o instagram que hoy te dice “llegaste”.

Todo complicado

Actualmente estoy frente a un nuevo emprendimiento, esta vez no con mi familia sino con mi pareja. El ABC para emprender del Millennial es diferente a lo que era en otras generaciones.

Entonces nuestro proyecto primero tuvo nombre, logo y dominio web; luego encontramos el local que íbamos a alquilar. Mientras se pintaban las paredes y llegaban los muebles apareció el instagram, la página web y la casilla de mail [email protected] (nada que te haga más “oficial” que eso).

Sabíamos cuál iba a ser la gráfica y el espíritu del negocio antes de saber lo que íbamos a vender. Exagero, pero para que se entienda que en nuestra forma de emprender (y de consumir) priorizamos más la experiencia que el producto.

El problema es cuando nuestras aspiraciones de marketing chocan con entidades gubernamentales que hacen todo complicado, con una red de proveedores que aún no ha madurado, con un sistema impositivo autodestructivo y una sociedad que acepta lo nuevo pero le cuesta consumirlo.

Y heme aquí de nuevo en mi frustración. Ya no en la bicicleta leyendo, sino escaneando todo el papelerío a Dropbox para tenerlo disponible en cualquier momento, y que no me hagan volver cada vez que “te falta justo el papel que no trajiste”.

Todo se fue trabando y tuvo su complejidad, desde conseguir algún material que fuera distinto pero que dentro de un mes no estuviera en todas las cafeterías del país. La variedad era muy poca, y el sobreprecio por hacer cosas “customizadas” eran locuras que no se podría permitir nadie.

Armar una sociedad llevó una cantidad de papeles que me dio pena por los árboles. Y una vez que tenes el hermoso estatuto, todos te van a pedir que le lleves copias certificadas, que te costarán $300 cada vez que lo requieras (el precio puede haber variado, sepan entender), en concepto de decir “sí, este es el papel”.

Como si eso mismo no hubiese salido publicado en el Boletín Oficial, o no hubiese un registro de sociedades, o como si googlear el CUIT no fuese suficiente.

Y ya cuando lograste superar todo eso, si lo superaste, llega el trato con proveedores y el pago de impuestos. Y nos toca entender que estamos trabados en una red compleja que creamos nosotros mismos. Donde estar “en regla”, al margen de ser un desafío a la paciencia, es tanto más difícil que estar por fuera, y ojo… estar en regla no tiene esos beneficios que uno creería que tiene.

Dos Argentinas

Hay dos Argentinas y las dos son enormes. Una que está en un sistema complejo de pagos y tasas, y una por fuera de eso pero que se beneficia de la anterior.

Una duplicidad que construimos nosotros mismos, porque buscamos la ventaja queriendo superar al otro, queremos espacios públicos sin pagar por ellos, queremos entidades eficientes sin esforzarnos en entender el sitio web a la hora de hacer un trámite, vender a buen precio pero sin preocuparse por la calidad, superar el hoy creyendo que no habrá mañana (y prometo que no lo habrá, si no nos preocupamos por que lo haya).

Y algo más importante, a la hora de poner un precio nadie lo calcula “sin impuestos”, ergo, tenemos una economía increíblemente cara pero que no paga por lo que cobra.

Un Estado -como entidad- que se alimenta de lo que pagan esos pocos pero que tiene una estructura que debe incluir a todos. Entonces cuando se habla de inclusión se hace desde una perspectiva poco comprensiva. Incriminando a empresas que “quieren sacar el mayor beneficio posible” pero sin entender que hay otros que lo hacen sin siquiera figurar en AFIP.

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Obvio que la defensa también es lógica, porque para pagar impuestos primero te hacen recorrer un mundo de ministerios y después te quitan la poca rentabilidad que uno tiene al empezar un negocio.

Si bien nos dijeron que no íbamos a entender qué era la frustración porque teníamos todo a nuestro alcance en un mundo sin guerra (ponele) y de leisure fare (ponele 2), terminamos poniéndonos metas imposibles. Y no quiero que esta columna sea una critica a la generación anterior que posiblemente haya creado esta doble argentina, sino hacer un mea culpa porque somos la razón por la cual ese sistema se mantiene.

Escribiendo estas columnas había llegado a la conclusión de que los millennials no hacemos lo suficiente para cambiar el mundo, y eso es porque mantenemos la filosofía de salvarnos a nosotros mismos en el presente inmediato, sin pensar en que hay un otro y hay un mañana.

Supongo que en medio de la lista de “objetivos 2019”, tan típica de enero, algo llegaré a cumplir. Pero cuesta descifrarlo si cuando creíste haber alimentado un toque el ego entrás a Instagram y al resto le va tan bien o mejor que a vos (al menos en posteos con filtros y escritos por ellos mismos).

O cuando crees haber logrado pagar las cuentas del mes y a alguien se le ocurre inventar un nuevo impuesto para pagar algo que no te dará ningún beneficio, y que obviamente, pagará la mitad del país que está en regla porque a la otra mitad no le “parece justo”.

Ahora sí, perdón, pero entro a terapia.

Facundo Eneas Garriz es emprendedor y fundador de DMOD

Fuente: cronista.com

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