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Utopía

¿La vida tiene sentido así? Efectos disruptivos de la Inteligencia Artificial

El momento más extraño de la historia económica del mundo.

4 de mayo de 2026 - 18:58

Por Sergio Candelo. Si no sos parte de ese pequeño grupo de ciudadanos favorecidos por el sistema, la vida bajo el capitalismo actual se vuelve una experiencia profundamente triste y alienante. Lo vemos en la pantalla y en la calle.

Pienso en Arj, el protagonista indio de la película Good Fortune (2025): un trabajador de plataformas en California que hace malabares con changas, vive en su auto y siente que, por más que corra, el sistema siempre le gana.

Estamos atrapados en lo que los científicos llaman desajuste evolutivo. Nuestra biología, diseñada hace 200.000 años para la interdependencia total y la vida en tribu, hoy opera bajo la lógica del hámster en la ruedita de su jaula: corremos a toda velocidad, agotándonos física y mentalmente, pero sin movernos un milímetro del lugar.

Trabajamos en tareas que no nos realizan para comprar bienes que no necesitamos, que generan contaminación y que solo nos dan una satisfacción efímera que se evapora al instante.

Y justo cuando la ruedita parecía no poder girar más rápido, aparece la Inteligencia Artificial.

La IA no es un motor eléctrico que podamos desenchufar; es una fuerza gravitatoria que está haciendo girar la ruedita a tal velocidad que la estructura está por estallar.

Vamos a 200 km/h en un auto que va directo a chocar contra una pared y, en lugar de mirar el camino, seguimos discutiendo si escuchamos Pop o Cumbia.

El teatro vacío: Productividad infinita, demanda cero

Para entender el rumbo actual del capitalismo, imaginemos un teatro donde, para ahorrar costos, se reemplaza a todos los músicos por pianos automáticos. La música es fabulosa, perfecta.

Pero hay un problema: el público del teatro eran otras personas que, como esos músicos, también han sido reemplazadas por máquinas en sus respectivos trabajos. El resultado es una música maravillosa en un teatro vacío.

Nadie tiene la capacidad de comprar la entrada porque el sistema, en su afán de eficiencia individual, ha destruido la capacidad de consumo colectiva.

Es el “Efecto de la Reina Roja” llevado al absurdo: las empresas corren cada vez más rápido para automatizar y no perder frente a la competencia, pero ese mismo esfuerzo garantiza que el mercado desaparezca para todas.

Esta imagen no es solo una sospecha; es una proyección matemática. El 21 de marzo de 2026, una investigación de Falk y Tsoukalas (Wharton/Boston) le puso números a este sinsentido al describir la “Trampa del Despido por IA”.

Su conclusión es lapidaria: en el límite, las empresas automatizan su camino hacia una productividad ilimitada pero con una demanda de cero. Es el suicidio por optimización.

Por qué no basta con “parchar” el sistema

Ante este escenario, los autores proponen como solución un Impuesto Pigouviano: cobrarle a las empresas por el “daño” social que causa la automatización, de la misma forma que se les cobra por contaminar.

Aquí es donde mi visión difiere. Ese es un error de diagnóstico.

El impuesto trata al progreso tecnológico como una externalidad negativa que debe mitigarse para que el viejo mercado no se desequilibre.

Es, en el fondo, más capitalismo intentando regular la escasez en un mundo que ya es de abundancia.

No necesitamos un freno de mano para chocar más despacio contra la pared; necesitamos cambiar de vehículo y de destino.

De la trampa de la escasez al paraíso de la abundancia

Lo más loco de este momento histórico es que la IA tiene el potencial de sacarnos, por fin, de la trampa de la escasez. Durante milenios, el sistema económico se basó en que las cosas eran difíciles de producir.

Hoy, estamos en el umbral de la abundancia real: la capacidad de producir casi todo con un costo marginal cercano a cero.

En una sociedad de abundancia, el deseo de consumir “porque sí” o para demostrar estatus pierde su sentido biológico.

Si las máquinas proveen lo básico, el trabajo deja de ser el centro de nuestra existencia y tenemos la oportunidad de dejar de ser usuarios de una vida diseñada por el mercado para convertirnos en directores de nuestro propio propósito.

Sobre este tema desarrollé con mayor profundidad las implicancias culturales y filosóficas en El Gran Despertar.

Una nueva arquitectura: Del capital al dividendo colectivo

¿Qué pasa cuando las máquinas producen tanto que el trabajo humano deja de ser necesario para sostener la economía?

Durante siglos, la respuesta fue irrelevante porque la pregunta era hipotética. Hoy ya no lo es.

La IA y la robótica están generando una riqueza sin precedentes. El problema no es que esa riqueza no exista, sino que está atrapada: fluye hacia arriba, hacia los dueños del capital y los accionistas, mientras el resto del sistema se queda mirando un teatro vacío. La solución no es frenar las máquinas.

Es cambiar a quién le pertenece lo que producen.

El punto de partida es la Renta Básica Universal (RBU): un ingreso mínimo incondicional que garantice un piso de dignidad. Sin ese piso, hablar de reconversión laboral, de trabajo con propósito o de libertad creativa es un lujo reservado para quienes ya no tienen urgencias.

Sobre ese piso podemos construir algo más transformador. Imaginá una infraestructura monetaria pública, transparente y automatizada, cuya única función es medir cuánto produce el ecosistema de máquinas de una economía y distribuir ese valor de forma directa a la sociedad.

No es magia: es contabilidad honesta. Si una fábrica automatizada produce el equivalente a mil salarios humanos por día, ese valor existe. La pregunta es adónde va.

En el modelo actual, va a los accionistas. En el modelo que proponemos, una parte sustancial vuelve al sistema como Dinero Orgánico: una masa monetaria que crece en proporción directa a la productividad real de las máquinas, sin que ningún gobierno la imprima por capricho ni ningún banco la cree de la nada. No es deuda. Es dividendo colectivo.

Ya existen tres experimentos reales que demuestran que esta lógica no es utópica.

Alaska reparte dividendos anuales en efectivo a cada ciudadano desde 1982, financiados por un fondo de inversión petrolero. En 2023, el dividendo fue de 1.312 dólares por persona. Es democrático, directo y lleva cuatro décadas funcionando.

Los Emiratos Árabes Unidos construyeron un modelo de bienestar total: salud, vivienda y educación gratuitas para sus ciudadanos, financiadas por la riqueza petrolera. Pero es un experimento profundamente excluyente: cubre solo al 10% de la población, dejando fuera al 90% de trabajadores migrantes.

Noruega tomó una ruta diferente: creó el fondo soberano más grande del mundo, hoy valuado en 2,1 billones de dólares, convirtiendo los excedentes petroleros en ahorro intergeneracional a través de inversiones globales.

Los tres demuestran que la idea funciona. El desafío es la escala y la inclusión. El Dinero Orgánico no dependería del petróleo de un país: se nutriría de la productividad de las máquinas de toda una economía, un recurso infinitamente más grande y que, a diferencia del petróleo, no se agota.

El valor que el mercado nunca supo ver

Existe una riqueza inmensa que el PIB ignora sistemáticamente porque no lleva código de barras.

Es el valor que genera la abuela que cuida a su nieto para que la vida siga girando; el del maestro de barrio que enseña música los sábados para formar ciudadanos y no solo empleados; el del vecino que organiza la limpieza de un río porque entiende que la salud de la tierra es la suya propia.

Hoy, el mercado trata al afecto como un hobby, a la ecología como un voluntariado y al arte comunitario como un gasto. En la era de la abundancia, estas actividades deben dejar de ser “lo que hacemos en nuestro tiempo libre” para convertirse en el eje de nuestra estructura social.

El Dinero Orgánico no es una limosna; es el reconocimiento directo de este valor invisible. Es el salario justo por ese trabajo esencial que siempre existió, pero que el sistema fue demasiado corto de vista para valorar.

Fluye hacia quienes preservan la cultura, hacia quienes regeneran ecosistemas y hacia quienes sostienen la red humana de cuidados.

Y aquí aparece la paradoja más profunda de esta propuesta. Estas actividades no necesitan dinero para tener sentido: son precisamente las que más propósito le dan a la vida porque escapan a la lógica del intercambio.

Quien cuida a un vecino anciano no lo hace por el salario; quien planta árboles en su barrio no espera una factura. La recompensa no viene después del trabajo; es el trabajo.

¿Para qué pagarlas, entonces?

Para demostrarle al sistema, en el único idioma que todavía entiende, que esas actividades valen. El Dinero Orgánico no es el destino: es el argumento de transición.

Una prueba, dentro de la lógica capitalista, de que otro sistema de valores no solo es deseable sino que funciona.

Es hablarle en el idioma del poder para convencerlo de que ese idioma ya no es necesario.

Porque en una sociedad que haya alcanzado el bien común como valor central, el incentivo económico será reemplazado por algo más antiguo y más poderoso: el propósito compartido.

Usamos el dinero para enseñarle al sistema que hay cosas más valiosas que el dinero. Es una pedagogía de civilización disfrazada de política económica.

El absurdo que define nuestra época

Estamos en el momento más extraño de la historia económica: tenemos la capacidad tecnológica de eliminar la pobreza material, pero seguimos usando las reglas de un juego diseñado para la escasez.

Estamos tratando de navegar un océano de abundancia con un manual de supervivencia para el desierto.

La transición requiere decisiones políticas valientes y un cambio cultural profundo: dejar de medir el valor de una persona por lo que produce para el mercado y empezar a medirlo por lo que aporta a la vida en común. Pasar de ser “recursos humanos” a ser humanos con recursos.

Por primera vez en la historia, la abundancia es una realidad técnica. Ahora nos toca decidir si ese valor será el motor de una nueva libertad o el combustible de una exclusión definitiva.

Solo falta el coraje colectivo de diseñar una sociedad donde, por primera vez, a todos nos guste estar vivos.

Sergio Candelo, es cofounder de Snoop Consulting.

Fue Presidente de la Cámara de Software (CESSI) y del Project Management Institute (PMI) Chapter Buenos Aires, entre otras instituciones.

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