Por Sergio Candelo. Una mano menos. Así camina hoy una generación entera por la calle: con el pulgar permanentemente ocupado, patinando sobre una pantalla de vidrio.
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La dopamina del scroll infinito: Hacia una nutrición digital consciente
Frente a un catálogo infinito de alternativas, decidir se volvió mucho más difícil.
Para los chicos que hoy tienen quince años, nada en el mundo digital fue jamás difícil ni costó esfuerzo.
Siempre hubo notificaciones que les avisaron de todo antes de que lo pregunten, siempre hubo un video más esperando enganchado atrás del anterior y siempre tuvieron a mano un calmante instantáneo para apagar cualquier amague de aburrimiento.
Te lo cuentan con una naturalidad que asusta, como quien comenta si está nublado o hace calor: no tienen la menor idea de qué se siente pasar una tarde entera sin el celular en el bolsillo.
Y el resultado es que no se aburren nunca. Ese bache en blanco que durante siglos nos obligó a inventar algo nuevo, a mirar para adentro para entender qué nos pasaba o a bancarnos una charla difícil cara a cara, quedó completamente sepultado bajo una avalancha de videos cortos, música y chats corriendo todos juntos, todo el tiempo.
Llegamos acá despacio, pero sin vuelta atrás. El teléfono inteligente arrancó allá por el 2007 pidiéndote cierto trabajo: tenías que abrir la aplicación y esperar que cargara. Al poco tiempo aprendió a interrumpirte solo mediante alertas sonoras.
Más tarde, el orden cronológico de las cosas se rindió ante un algoritmo que aprendió a predecir con precisión quirúrgica qué te iba a retener más tiempo.
Y cuando todavía te quedaba una última decisión personal -elegir qué mirar después-, el scroll infinito te sacó esa molestia de encima.
Hoy el pulgar se mueve solo, como un reflejo muscular. La Inteligencia Artificial te sirve en bandeja exactamente lo que no podés dejar de mirar.
Las capas no se reemplazaron; se fueron apilando una arriba de la otra. Por eso un pibe de quince años no conoció la molestia previa: nació directamente en el último piso de la torre.
El espejo de la obesidad
Esta historia ya la vimos. Pasó exactamente lo mismo con otro insumo básico para la vida: la comida.
Los datos sanitarios son contundentes. La Organización Mundial de la Salud confirmó que más de 1.000 millones de personas en el mundo conviven con la obesidad. Hace cuarenta años eran apenas 100 millones.
Entre 1990 y hoy, la población del planeta creció de 5.300 a 8.000 millones de personas y, sin embargo, producimos comida de sobra.
El problema de nuestra era dejó de ser la falta de recursos; el problema es la abundancia sin ningún tipo de criterio ni freno.
La industria de los alimentos aprendió a fabricar productos trampa: combinaciones de grasas, azúcar y aditivos diseñadas en laboratorio para anular nuestros frenos biológicos.
Comemos porque el paquete está abierto arriba de la mesa, porque nos dio ansiedad o porque el reloj marca la hora, no porque el cuerpo lo reclame.
La alarma biológica que te avisa cuándo parar quedó completamente tapada por una oferta pensada para que no puedas soltarla.
Con la cabeza pasa exactamente lo mismo. Desarrollamos una auténtica obesidad de atención. No tenemos una alarma biológica en el cerebro tan clara como la del estómago lleno que te diga: "hasta acá, ya viste suficiente".
Seguís pasando videos a la medianoche con los ojos secos porque te entretiene, porque te da ansiedad dejarlo o porque el dedo ya hace el recorrido de memoria. Demasiada oferta barata y muy poco criterio para elegir qué nos metemos en la cabeza.
La cancha inclinada
Seamos sinceros: la cancha está inclinada. Las grandes plataformas y las aplicaciones no son neutrales; están diseñadas para sacarle provecho a nuestros atajos biológicos más antiguos.
El cerebro de cazador-recolector busca novedad constante y recompensa rápida, y la pantalla le dispara un estímulo cada tres segundos sin pedirle nada a cambio.
Pero que la cancha esté inclinada no significa que el partido esté perdido de antemano.
No me sumo al coro de los que anuncian el apocalipsis digital ni a los que dicen que la tecnología nos arruinó la vida.
Al contrario: hoy tenemos sobre la mesa todas las posibilidades del mundo.
Contamos con más herramientas de creación, más acceso al conocimiento y más capacidad de conectar con el mundo que cualquier otra generación en la historia humana.
El verdadero desafío es que, frente a un catálogo infinito de alternativas, decidir se volvió mucho más difícil.
Y cuando decidir cuesta trabajo, lo más cómodo es entregarse a la inercia y dejar que el algoritmo decida por vos.
Ahí es donde hay que despertar. Lo importante es entender las reglas del juego, ser conscientes de la trampa y recuperar la capacidad de elegir.
Hacia una nutrición digital
A nadie que tiene sobrepeso se le soluciona el problema prohibiendo comer. Se le enseña a leer la etiqueta de lo que compra en el supermercado, a balancear los nutrientes en el plato y a entrenar el cuerpo con constancia.
El nutricionista y el preparador físico existen justamente porque el instinto solo, rodeado de tanta abundancia artificial, ya no alcanza para cuidarse.
Es la misma lógica que planteamos hace un tiempo al hablar del Gimnasio Cognitivo: advertíamos que si no ejercitamos el criterio por nuestra cuenta y le delegamos todo el esfuerzo intelectual a las máquinas, la capacidad de pensar se atrofia.
El músculo del pensamiento crítico necesita entrenamiento diario para sostener el foco en problemas complejos y no perderse en la superficialidad.
Ahora nos toca dar un paso más e inventar el otro oficio indispensable: el de la nutrición digital.
La salida no pasa por un ayuno de pantallas impracticable en el mundo en el que vivimos y trabajamos, sino por aprender a comer con la cabeza.
Implica aprender a leer las etiquetas invisibles de lo que consumimos para separar el contenido basura -ese video masticado de diez segundos hecho solo para disparar dopamina fácil- del alimento que de verdad te aporta perspectiva y contexto.
Y exige, sobre todo, fijar horarios claros de ingesta: el teléfono no puede ser lo primero que manoteás apenas abrís los ojos ni la última luz artificial que mirás desde la almohada; hacen falta momentos del día donde la pantalla quede terminantemente afuera.
La mano libre
Recuperar la mano libre no es una cruzada nostálgica contra el teléfono inteligente.
Se trata de soberanía y de disciplina. De dejar de ser un usuario pasivo que traga todo lo que le sirven en bandeja, para asumir el rol de director de tu propia atención.
Las cartas están a la vista de todos: el estímulo fácil es infinito, baratísimo y te deja vacío.
La atención de calidad, en cambio, pide tiempo, esfuerzo y presencia real.
La próxima vez que te encuentres pasando videos mecánicamente sin acordarte ni de qué viste hace treinta segundos, frená un momento. Mirate la mano.
¿Estás eligiendo qué incorporar a tu cabeza, o estás masticando chatarra solo porque el paquete sigue abierto?
La decisión, todavía, es tuya.
Sergio Candelo, ex-Economista, co-fundador de Snoop Consulting y ejecutivo del Sector Tecnológico.
Fue Presidente de la Cámara de Software (CESSI) y del Project Management Institute (PMI) Chapter Buenos Aires.
Para más información: www.snoopconsulting.com
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