El idioma del futbol es claro y simple. Siempre ha sido la profundidad de su sencillez lo que ha cautivado a lo largo de la historia a miles de adeptos que desgranan, analizan, critican, sienten y vibran cada partido y cada campeonato.
Y aunque los tiempos modernos impongan la velocidad y el físico, jamás podrán arrebatarle su esencia más pura y vital: la simpleza, generadora de innumerables tácticas y estrategias, la simpleza de la habilidad en funcionamiento, la simpleza que logra que el talento se convierta en magia, pero sobre todo la simpleza de entender acabadamente que como diría el gran Alfredo Distéfano “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.