La producción sustentable y de alto rendimiento en cereales de verano exige una mirada integral del sistema productivo.
Para continuar, suscribite a Somos Pymes. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.
SUSCRIBITECómo la interacción entre la fertilidad física, química y biológica determina el éxito de los cultivos. Consejos de manejo de fósforo y nitrógeno según el ambiente.
La producción sustentable y de alto rendimiento en cereales de verano exige una mirada integral del sistema productivo.
Así lo planteó Gabriel Espósito de la Universidad Nacional de Río Cuarto, durante su disertación en el Simposio Regional FERTILIDAD 2026, donde analizó los factores críticos que condicionan el desarrollo del maíz y el impacto de un manejo nutricional preciso.
El experto introdujo el concepto del "triángulo de la fertilidad", explicando que un suelo verdaderamente fértil es aquel donde coexisten en equilibrio la fertilidad física (aire, agua, temperatura y sostén), la química (nutrición) y la biológica.
"Cuando falta fósforo, por ejemplo, se ve afectada directamente la densidad de raíces, lo que altera la capacidad del cultivo para explorar el perfil y absorber agua y otros nutrientes", advirtió, vinculando la deficiencia de este elemento con retrasos severos en la fenología del cultivo y falta de uniformidad en la emergencia.
El especialista detalló la metodología para calcular la fertilización fosforada necesaria, distinguiendo entre la dosis de "reposición" -calculada en función del rendimiento objetivo por el fósforo exportado en el grano- y la dosis de "recuperación".
Esta última suma a la reposición una dosis mínima para elevar los niveles del suelo según el equivalente de fósforo de cada ambiente.
A través de ensayos que contrastaron parcelas fertilizadas y testigos sin aplicar, se demostró cómo la disponibilidad de fósforo frena el impacto del atraso fenológico y asegura el arranque parejo del cultivo, permitiendo una estructura de plantas homogénea desde el inicio.
Al referirse al manejo eficiente del Nitrógeno (N), resaltó que tiene una estrecha relación con la densidad de siembra a través del indicador de Oferta de N por Planta (NPP, que abarca suelo + fertilizante).
Espósito analizó cómo varía este requerimiento para alcanzar el rinde, remarcando que un mayor rendimiento potencial tiende a incrementar la necesidad de nitrógeno por planta y que existe un claro efecto según el híbrido seleccionado, mientras que la fecha de siembra del maíz no genera modificaciones significativas sobre este parámetro.
Uno de los “factores más determinantes en el modelo es el cultivo antecesor, debido a la inmovilización de nitrógeno que generan los rastrojos con alta relación C/N”.
El especialista presentó los valores de demanda total de nitrógeno (N) por planta (Suelo + Fertilizante en V6 de 0 a 60 cm) según el esquema previo:
_Vicia: 1 a 1,5 gN/planta.
_Soja: 2 a 2,5 gN/planta.
_Gramínea de servicio temprana: 2,5 a 3 gN/planta.
_Gramínea de servicio tardía: 3 a 3,5 gN/planta.
_Trigo/Soja de segunda: 3,5 gN/planta.
_Trigo o Cebada de cosecha: 3,5 a 4 gN/planta.
_Maíz: 4 a 5 gN/planta (el escenario que mayor oferta total exige por planta debido a la alta inmovilización de su rastrojo).
A partir de este diagnóstico, Espósito propuso un modelo matemático para ajustar la densidad de plantas (asumiendo un peso promedio de 185 gramos de grano por planta) y los kilos de fertilizante a aplicar.
De esta manera, el productor puede modular sus planteos adaptándose a la expectativa hídrica de la campaña y al potencial del material genético:
_Año Seco: Las densidades van desde un piso defensivo de 27.500 pl/ha (para híbridos de alto potencial) hasta 39.000 pl/ha (para híbridos de bajo potencial).
_Año Normal: El rango se ajusta entre las 43.200 pl/ha y las 51.350 pl/ha.
_Año Húmedo: Permite explorar los techos productivos, posicionando las densidades entre 51.350 pl/ha y un máximo de 64.900 pl/ha.
Ese modelo, dijo, “permite optimizar la inversión en insumos y maximizar el rendimiento por planta sin comprometer la estabilidad del cultivo en los ambientes de la región”.
Espósito también puso la lupa sobre nutrientes “relegados” en las estrategias convencionales, como el calcio, el magnesio y el boro.
Explicó que la disponibilidad de estos elementos en el perfil está fuertemente condicionada por las características físico-químicas de cada tipo de suelo de la región.
En el caso del boro, un micronutriente clave para la regularidad en la floración y el llenado de granos en maíz, Espósito mostró cómo su deficiencia puede restringir el crecimiento de las raíces y limitar la absorción del agua disponible, actuando de manera sinérgica con el fósforo.
En cuanto al calcio y al magnesio, remarcó que la correcta relación de bases en el suelo es fundamental para mantener la estabilidad estructural del lote y evitar problemas de compactación física.
Su deficiencia o desbalance bloquea el ingreso de otros nutrientes esenciales, por lo que un diagnóstico completo debe contemplar la reposición o corrección de estos minerales y que el cereal pueda expresar todo su potencial genético.
El especialista indicó que el otro cereal de verano, el sorgo, “tiene las mismas dificultades y exigencias que el maíz”.

video