Por Sergio Candelo. Mark Zuckerberg publicó el 10 de agosto de 2026 un texto extenso sobre cómo Meta piensa desarrollar y repartir la superinteligencia artificial, titulado The Future is for Everyone (El futuro es para todos).
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El futuro es de todos, pero: ¿Para qué lo queremos?
El signficado del comienzo de la era de la Superinteligencia Personal.
El documento llega en un momento bisagra: cualquiera que observe la velocidad del cambio intuye que el terreno donde pisamos ya no es el mismo, y que la Inteligencia Artificial dejó de ser un asunto reservado a especialistas para meterse de lleno en la forma en que producimos, nos vinculamos y organizamos los días.
La idea central de Meta parte de una base valiosa: evitar que estas herramientas queden concentradas en pocas corporaciones cerradas o bajo el control autoritario de algunos Estados.
Su propuesta es que la tecnología llegue a cada individuo mediante lo que llama la Superinteligencia Personal, dotando a cada persona de su propio equipo virtual para crear, programar, emprender y aprender. Es una postura generosa y democratizadora.
Sin embargo, el manifiesto de Zuckerberg responde bien una pregunta y deja otra intacta.
Responde con claridad para quién debe ser el futuro: para todos, no para unos pocos. Lo que no responde es para qué se lo quiere. Y esa segunda pregunta es la que define nuestro destino colectivo.
La economía sin escasez y la ilusión del nuevo mercado
La respuesta de Silicon Valley frente a la automatización masiva consiste, en definitiva, en redoblar la apuesta del mercado tradicional.
Si las máquinas absorben los empleos conocidos, la salida que nos proponen es transformar a ocho mil millones de personas en operadores hiperproductivos de sus propios microemprendimientos asistidos por algoritmos.
Es una versión descentralizada y sofisticada del capitalismo, pero construida sobre el mismo dogma de siempre: la valía humana sigue atada a la capacidad de competir, producir y acumular.
Durante casi toda la historia, la escasez fue el problema central de la economía. Producir bienes y servicios costaba trabajo, tiempo y recursos limitados.
Hoy la tecnología promete bajar ese costo a casi cero: la capacidad técnica instalada puede resolver las necesidades materiales básicas a un costo marginal mínimo, ubicándonos en el umbral de la era de la abundancia.
Eso cambia la ecuación productiva, pero abre un riesgo concreto. Una fábrica que reemplaza a sus operarios por robots produce más y más barato, pero esos trabajadores eran también los clientes de otras empresas.
Si el mercado automatiza en simultáneo, la economía corre el riesgo de tener capacidad de producir de todo y cada vez menos personas con ingresos para consumirlo. Una investigación de Wharton y Boston University describió este fenómeno en 2026 como la "trampa del despido por IA": producción sin límites y demanda en caída libre.
Frente a esa encrucijada, confiar exclusivamente en que el mercado creará empleos mágicos para todos puede no alcanzar.
Hacen falta mecanismos institucionales explícitos para que la renta de las máquinas vuelva a la sociedad, siguiendo ejemplos como el dividendo petrolero que Alaska reparte a sus ciudadanos desde 1982 o el fondo soberano de Noruega para las generaciones futuras.
El precio de la comodidad y la atrofia del criterio
Zuckerberg promete asistentes que resolverán la salud, las finanzas, la carrera y hasta las relaciones personales sin exigir mayor esfuerzo.
Suena tentador, pero la comodidad absoluta esconde un costo silencioso.
Cuando las máquinas asumieron el trabajo físico pesado, el cuerpo dejó de moverse y la sociedad tuvo que inventar el gimnasio para no atrofiarse.
Con la mente ocurre algo similar. Delegar cada análisis y cada decisión cotidiana entrena menos nuestras capacidades.
El criterio propio y el pensamiento crítico, al igual que los músculos, se debilitan cuando no se ejercitan.
Sacar provecho de estas herramientas requiere la voluntad de mantenernos lúcidos ante las grandes preguntas, tomando nuestras propias decisiones antes de que la automatización reemplace nuestra voluntad.
El propósito ausente
Durante la mayor parte de nuestra evolución, la supervivencia de la especie dependió de la colaboración comunitaria, el cuidado mutuo y el sentido de pertenencia a un grupo.
Recién en los últimos siglos el éxito pasó a medirse en términos puramente individuales de rendimiento y acumulación material.
No es casual que la ansiedad y el vacío existencial crezcan en la época de mayor confort material de la historia.
Lo que falta no es una herramienta más ni un nuevo negocio que inventar; falta un propósito que trascienda la rueda de la producción.
Llenarse de cosas o coordinar ejércitos de asistentes digitales no reemplaza el encuentro cara a cara, el afecto real ni la salud del alma.
Cuando ya no haga falta pelear por el sustento diario, el problema deja de ser la productividad.
Lo que tenemos por delante es decidir qué vida queremos para ese tiempo libre: seguir midiendo el éxito por la acumulación, o animarnos a poner en primer lugar a la comunidad, la naturaleza y el sentido de vivir.
El futuro puede ser de todos, pero ahora nos toca decidir para qué lo vamos a usar.
Será verdaderamente de todos cuando aprovechemos la abundancia tecnológica no para multiplicar la autoexplotación, sino para construir una sociedad más consciente, solidaria y orientada a un propósito genuino.
Referencias:
_Zuckerberg, M. (2026), "The Future is for Everyone", Meta.
_Falk, B. y Tsoukalas, G. (2026), "The AI Layoff Trap", Wharton / Boston University.
Sergio Candelo, ex-Economista, co-fundador de Snoop Consulting y ejecutivo del Sector Tecnológico.
Fue Presidente de la Cámara de Software (CESSI) y del Project Management Institute (PMI) Chapter Buenos Aires.
Para más información: www.snoopconsulting.com