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Futuro del trabajo

Argentina puede surfear la ola de la Inteligencia Artificial

Por su talento y su energía, tenemos una carta que pocos países pueden jugar.

11 de septiembre de 2026 - 19:17

Por Ximena Gauto Acosta. Un equipo de diez personas en algún rincón de la Argentina factura software y diseño para clientes en el exterior.

Este año entregaron más rápido que nunca: la Inteligencia Artificial les sacó semanas de encima de cada proyecto. Cobraron en dólares. Fueron, sin saberlo, parte de un récord.

En 2025, la Economía del Conocimiento se consolidó como el tercer complejo exportador del país, detrás del campo y de la energía.

Más de nueve mil millones de dólares en servicios vendidos al mundo, la mitad de todo lo que el país exporta en servicios, 285.000 empleos formales de alta calificación.

Un sector que hace veinte años era marginal y hoy lidera la región, por encima de Brasil, México y Colombia.

Hace unos días Anthropic, empresa dueña de Claude y uno de los gigantes de la IA, publicó un modelo para imaginar la economía de 2030. No es una profecía: es un explorador de escenarios.

La pregunta que se hace es simple y enorme a la vez: ¿Qué le pasa a una economía cuando la IA se mete en las tareas que hacen las personas?

La respuesta se abre en tres futuros. En el modesto, la IA deja una marca parecida a la de Internet.

En el sustancial, hace la mitad del trabajo del conocimiento y la economía crece al doble. En el extremo, se duplica cada cuatro años y medio.

Y hay un hallazgo que a nosotros nos toca de lleno: en los escenarios fuertes, lo que la IA automatiza primero es el trabajo del conocimiento (programar, diseñar, calcular), mientras el trabajo físico, el que no se hace desde una pantalla, gana demanda.

Si lo leemos con el mapa exportador argentino al lado la conclusión parece cruel: apostamos desde hace años a vender talento justo cuando el talento es lo primero que se automatiza.

Ahí es donde la mayoría de las lecturas frenan, en la amenaza. Y ahí es, exactamente, donde conviene no detenerse.

Signo de los tiempos

Hace casi dos siglos, Frédéric Bastiat distinguió entre lo que se ve y lo que no se ve.

Su punto suele leerse como advertencia (cuidado con el costo oculto), pero su parábola más famosa dice otra cosa: lo que no se ve es también el uso alternativo, la puerta que se abre cuando otra se cierra, el valor que todavía no nació.

Lo no visto no es solo lo que perdemos. Es todo lo que todavía no imaginamos que podemos hacer. Y el propio modelo de Anthropic lo deja escrito en su arquitectura: la IA no solo automatiza tareas.

También aumenta a quien las hace, y crea tareas que antes no existían.

El futuro malo es el de la automatización pura. El bueno es el del aumento y lo nuevo. Cuál de los dos ocurre no está escrito: depende de qué construyamos.

Y acá aparece lo que casi nadie está mirando. Argentina tiene, al mismo tiempo, dos piezas que muy pocos países tienen juntas.

Una es ese talento del conocimiento que ya exporta y que lidera la región.

La otra es energía para alimentar la IA: el gas de Vaca Muerta, el potencial eólico e hidroeléctrico, el clima frío de la Patagonia que abarata la refrigeración de los centros de datos.

El mundo de la IA hoy está partido entre los países que ponen el capital (los dueños de los modelos y la infraestructura) y los que ponen el trabajo. Argentina es de los pocos que podría estar en las dos veredas.

Porque la energía es la ficha para dejar de ser solo mano de obra y quedarse con un pedazo del capital.

Un centro de datos en suelo patagónico no es exportar horas de trabajo: es alojar la máquina que produce el valor.

En los últimos meses aparecieron los primeros movimientos: cartas de intención por miles de millones de dólares, proyectos que miran Neuquén y Chubut, energéticas argentinas cotizando electricidad a desarrolladores del exterior.

La base es baja: el país tiene apenas unas decenas de megavatios instalados contra los miles de Brasil o Chile. Pero base baja significa, también, que casi todo está por construirse. La ventana está abierta.

La verdadera oportunidad, sin embargo, no es solo hospedar servidores ajenos. Es la capacidad de combinar las dos piezas.

Haciendo la diferencia

El talento argentino no tiene que competir en las tareas que la IA hace por poca plata; tiene que moverse hacia donde el modelo dice que está el futuro: el criterio, la supervisión, la integración, los problemas de dominio.

Y los problemas de dominio que Argentina tiene a mano son enormes y físicos: energía, agro, minería, alimentos, salud. Conocimiento aumentado por IA, aplicado a los sectores donde el país sí tiene recursos reales.

El mismo informe lo sugiere: cuando la IA acelera el diseño y los permisos, se construyen más obras, y crece la demanda del trabajo físico que las levanta.

Un país que tiene el talento y los recursos físicos que ese talento vuelve más valiosos está en una posición rara y buena.

Nada de esto pasa solo, y acá va la lucidez. Un anuncio no es una obra. Como advierten los que conocen el negocio, la energía disponible no es un producto que espera comprador: alguien tiene que construir.

La red eléctrica todavía no está a la altura, las reglas necesitan previsibilidad de largo plazo, y la formación que produjo programadores tiene que reorientarse hacia el criterio que la IA no reemplaza.

Esa es la agenda donde lo público y lo privado se necesitan de verdad: el Estado poniendo red, reglas estables y educación; las empresas poniendo inversión, talento y velocidad. Ninguno de los dos surfea esta ola solo.

Formamos una generación entera de talento para venderlo al mundo, y descubrimos que teníamos la energía para alojar la máquina que ese mundo necesita.

Las dos cosas juntas, en el mismo país, en el mismo momento. La ola viene igual, para todos. Lo que todavía elegimos nosotros es la tabla para surfearla.

Ximena Gauto Acosta es docente de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) y coach en innovación y futuro del trabajo.

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