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Guerra comercial

El conflicto entre Estados Unidos y China representa un reto para el mundo

28 de mayo de 2019 - 12:53

La pregunta es ¿dónde deja el creciente conflicto económico entre EE.UU. y China al resto del mundo, particularmente a los aliados históricos estadounidenses? En circunstancias normales, estos últimos permanecerían de su parte. La Unión Europea (UE), después de todo, comparte muchas de sus preocupaciones sobre el comportamiento chino. Sin embargo, éstas no son circunstancias normales.

Bajo Donald Trump, EE.UU. se convirtió en una superpotencia canalla, que muestra hostilidad, entre muchas otras cosas, ante las normas fundamentales de un sistema de comercio basado en acuerdos multilaterales y normas vinculantes. De hecho, los aliados estadounidenses también son un blanco de la ola de intimidación bilateral.

Entonces, ¿qué deben hacer los aliados estadounidenses mientras EE.UU. y China batallan entre sí?

Esto no sólo tiene que ver con Trump. Su enfoque en las balanzas comerciales bilaterales puede incluso ser relativamente manejable. Lo que es peor aún es que una gran proporción de estadounidenses comparte una profunda hostilidad no solamente hacia el comportamiento de China, sino hacia el hecho de una China en ascenso.

También estamos observando un enorme cambio en el pensamiento conservador estadounidense. En 2005, Robert Zoellick, el subsecretario de Estado, argumentó que China debería "convertirse en un actor responsable" dentro del sistema internacional. Recientemente, Mike Pompeo, el secretario de Estado, dio una perspectiva diferente.

El especialista en asuntos exteriores, Walter Russell Mead, describió la idea impulsora de Pompeo de la siguiente manera: "Mientras los internacionalistas liberales creen que el objetivo del compromiso global estadounidense debe ser promover el surgimiento de un orden mundial en el que las instituciones internacionales suplanten cada vez más a los Estados-nación como los principales actores en la política global, los internacionalistas conservadores creen que el compromiso de EE.UU. debe estar guiado por un enfoque más reducido en intereses específicos estadounidenses".

En resumen, EE.UU. ya no ve por qué debiera ser un "actor responsable" dentro del sistema internacional. Su concepto es, en cambio, el de las políticas de poder del siglo XIX, en las cuales los fuertes les dan órdenes a los débiles.

Esto también es relevante para el comercio. La noción de que el sistema de comercio se haya basado en la idea de que las instituciones internacionales deberían suplantar a los Estados-nación es falsa. El sistema se basó en las ideas gemelas de que los Estados deberían lograr acuerdos multilaterales entre sí y de que la confianza en tales acuerdos debería reforzarse mediante un sistema vinculante de solución de controversias. Esto proporcionaría estabilidad a las condiciones de comercio, de las cuales dependen los negocios internacionales.

Todo esto peligra actualmente. La expansión de la guerra arancelaria y la decisión de limitarle el acceso a la tecnología estadounidense a Huawei, el único fabricante de tecnología avanzada líder en China, parecen tener como objetivo mantener a China en una permanente inferioridad. Así es como lo ven los chinos.

La guerra comercial también convierte a EE.UU. en un país significativamente proteccionista, con aranceles promedios ponderados que pronto posiblemente sean más altos que los de India. Un documento del Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés) afirma que "Trump está amenazando a China con aranceles que no están muy lejos del nivel promedio de los aranceles impuestos por EE.UU. mediante la Ley de Aranceles Smoot-Hawley de 1930".

Es posible que los aranceles incluso permanezcan en este nivel alto debido a que las demandas de negociación de EE.UU. son demasiado humillantes para que China las acepte.

Estos gravámenes también conducirán a la desviación a otros proveedores. Es probable que los aranceles también se extiendan a estos últimos: el bilateralismo es, a menudo, una enfermedad contagiosa. Contrariamente a las protestas de Trump, los costos también son asumidos por los estadounidenses, especialmente por los consumidores y por los exportadores agrícolas. Irónicamente, muchos de los condados más afectados están bajo control republicano.

Algunos pudieran llegar a la conclusión de que los altos costos significan que el conflicto no puede ser prolongado, particularmente si los mercados bursátiles son afectados. Un resultado alternativo, y más posible, es que Trump y Xi Jinping de China son líderes "fuertes" a quienes no se les puede ver cediendo. El conflicto permanecerá entonces congelado o, más probablemente, empeorará conforme las relaciones entre las dos superpotencias se vuelven cada vez más envenenadas.

¿Dónde deja esto a los aliados estadounidenses? Ellos no deberían apoyar los intentos estadounidenses de frustrar el ascenso de China: eso sería inconcebible. Ellos deberían indicar dónde están de acuerdo con los objetivos estadounidenses en materia de comercio y de tecnología y, si es posible, mantener una posición común sobre estos temas, especialmente entre la UE y Japón. Ellos deberían defender los principios de un sistema de comercio multilateral, bajo los auspicios de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Si EE.UU. logra que el sistema de disputas no funcione debido a la falta de quórum, los otros miembros podrían acordar más bien acatar un mecanismo informal.

Más significativamente, debería ser posible mantener el comercio liberal, a expensas de EE.UU. y China. Anne Krueger, la ex primera subdirectora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), señala en una columna que, por la insensata decisión de rechazar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), EE.UU. sufre la discriminación legal de la OMC contra sus exportaciones a los miembros del Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés), el cual sustituyó al TPP. La UE también tiene acuerdos de libre comercio con Canadá y con Japón.

Esto es bueno. Pero ellos pueden ir aún más lejos. Los países que ven los beneficios de un sólido orden comercial debieran convertir esos tratados de libre comercio (TLC) en un "TLC global de la voluntad", en el que cualquier país que esté dispuesto a aceptar los compromisos pudiera participar. Incluso se pudiera concebir un futuro en el que los participantes en un TLC global de este tipo defendieran a sus miembros contra los ataques comerciales ilegales por parte de quienes no son miembros a través de represalias coordinadas.

La hostilidad entre EE.UU. y China representa una amenaza para la paz y la prosperidad mundiales. Quienes están fuera no pueden detener este conflicto; pero no están indefensos. Si las grandes potencias se salen del sistema de comercio multilateral, otros países pueden incorporarse. Ellos son, en conjunto, actores significativos. Y deben atreverse a actuar como tales.

Fuente: Martin Wolf / Financial Times

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