Lo que comenzó como una incomodidad infantil -ver plástico en el mar mientras jugaba en la costa patagónica- terminó convirtiéndose en una misión de vida.
Ecofactory: La PyME que desafió el plástico y rediseñó su modelo de negocio
Nació de una inquietud personal y se transformó en un laboratorio de soluciones para reducir el consumo descartable. A 15 años de su inicio, produce millones de bolsas reutilizables y compostables, y emplea a personas que históricamente quedaron fuera del mercado laboral.
Así nació Ecofactory, una PyME argentina que decidió enfrentar uno de los grandes desafíos ambientales de nuestra época: el exceso de plástico.
El recorrido no fue inmediato. Martín Jersonsky, su fundador, tenía formación en economía y un trabajo estable en una empresa multinacional estadounidense de bienes de consumo.
Pero el problema seguía sin resolverse, y en las góndolas tampoco aparecían soluciones.
Así comenzó a explorar alternativas, persiguiendo el sueño de encontrar una respuesta al problema de las bolsas plásticas desechables.
Una sola bolsa, muchas soluciones
En 2009, Ecofactory fue reconocida como la PyME de mayor impacto ambiental y social del país. En ese entonces, Argentina consumía cerca de ocho millones de bolsas plásticas al año.
El enfoque de la empresa no fue solo cambiar el material, sino repensar el modelo: fabricar una sola bolsa, resistente y reciclable, que evite convertirse en basura tras un único uso.
El desarrollo técnico llevó tiempo. La solución llegó con una bolsa reutilizable sin costuras, hecha con un único material, lo que facilita su reciclado y permite más de 200 usos.
A eso sumó una estrategia comercial basada en acuerdos con cadenas de supermercados -Walmark y La Anónima- y con gobiernos locales, especialmente en zonas turísticas, donde el impacto de plástico desechable es más visible.
Pero el modelo también miró hacia adentro. En 2015, Ecofactory adoptó una política de inclusión laboral en articulación con el Ministerio de Trabajo y el municipio de Vicente López.
Hoy, más de la mitad del equipo proviene de sectores históricamente excluidos del mercado formal. Algunos trabajadores terminaron la secundaria en la planta. Otros, como un operario que ingresó sin estudios, hoy lideran áreas clave de producción.
“Entró sin el secundario, empezó embalando y terminó estudiando ingeniería. Hoy coordina equipos y sigue formándome”, cuenta, actualmente es jefe del área de construcción y responsable de tres turnos de producción.
Otro caso es el de una persona con discapacidad auditiva, incorporada al área operativa. Tras identificar barreras, se adaptaron las alertas de las máquinas con señales visuales.
La persona se capacitó, se integró al equipo y cumplió sus funciones con éxito. Esta experiencia motivó cambios en los protocolos de ingreso para futuros trabajadores.
“Nunca había trabajado. Me explicaron las tareas con apoyo visual y pude hacer todo como el resto”, resume.
Cerrar el círculo
Con el tiempo, el catálogo de productos creció. Surgieron nuevas líneas para cubrir sectores donde las bolsas reutilizables no eran viables: comercio electrónico, residuos domiciliarios, envíos postales. Así nacieron las bolsas compostables hechas de bioplásticos y las bolsas de papel.
Las primeras pueden degradarse en compost domiciliario sin dejar residuos tóxicos ni microplásticos; las segundas ofrecen una opción más práctica en cadenas logísticas.
La estrategia se amplió con un producto inesperado: composteras domésticas de rotación, diseñadas para tratar residuos orgánicos sin generar metano. Con esto, la empresa cerró el ciclo de vida de sus bolsas compostables y sumó una herramienta práctica para hogares y comercios.
Hoy, Ecofactory produce cinco millones de bolsas reutilizables y ocho millones de bolsas compostables por mes.
Su operación se sostiene con energía renovable, y su meta es alcanzar la neutralidad de carbono en 2030.
Además, continúa desarrollando alternativas para otros productos descartables, como el film de cocina y los envoltorios.
También obtuvo la certificación como empresa B, integrando en su modelo de negocio los impactos sociales y ambientales junto con los económicos. Para su fundador, el compromiso no se basa en discursos, sino en las decisiones cotidianas: desde cómo se diseña un producto hasta a quién se contrata.
¿Qué significa ser una empresa de triple impacto?
“Significa medir el éxito no solo en términos económicos, sino también en términos sociales y ambientales. Esa es, justamente, la esencia de lo que somos y lo que queremos transmitir: una empresa con propósito, que busca generar un impacto positivo en todos los ámbitos en los que opera”, comenta Jersonsky.
Siguiendo ese hilo, argumenta: “Cada vez más, los consumidores les exigen a las PyMEs y a las grandes empresas que actúen con mayor conciencia social y ambiental. Y todos podemos hacerlo".
"Es cuestión de replantear nuestros modelos de negocio e incorporar el beneficio social y ambiental como parte del mismo”, aclara.
Y suma un ejemplo claro: “Pensemos en un taller mecánico. ¿Cómo puede tener una acción social o ambiental positiva y que, además, le genere beneficios con mis clientes? Por ejemplo, podría instalar paneles solares y abastecerse con energía sin huella de carbono".
"Esto es bueno para el mundo, y a la vez se transforma en un argumento de valor para atraer clientes que están migrando hacia autos híbridos o eléctricos. Así, el impacto ambiental se transforma en una ventaja competitiva”, asevera.
El mensaje es claro: no se trata de sumar buenas prácticas sobre modelos ya establecidos, sino de rediseñar el núcleo mismo de la operación.