En el extenso reportaje publicado por el The New York Times se puede descubrir como se crean estas cuentas automatizadas.
Informe destapa el mercado de la compra de seguidores en Twitter
Algunas suponen la usurpación de la personalidad de alguien real. Cogen su foto de perfil, su nombre, sus datos y la ‘descripción’ de su biografía y lo replican todo con pequeños cambios casi imperceptibles.
El ejemplo que ponen es el de al joven Jessica Rychly, con la que abren el texto. Basta con cambiar una i por una l, bajar un poco la calidad de la imagen de perfil y ya está.
Al menos este bot parece real, los hay que no tiene imagen y sus nombres de usuario son una sucesión incomprensible de letras y números. Esa es una buena pista para detectar un perfil falso. También el hecho de que reuitee contenidos tan diversos como economía y porno y en distintos idiomas.
Una de las empresas pioneras en este mercado de la compraventa de seguidores es Devumi, a la que los autores del reportaje acusan de usar unos 3,5 millones de cuentas automatizadas de las cuales una parte son duplicadas de perfiles reales. Según la investigación realizada, al menos 55.000 de las cuentas controladas por Devumi.
Los datos hablan de que casi el 15% de los usuarios de Twitter, unos 48 millones, son cuentas automatizadas. Las hay de tres tipos. Por un lado, las programadas, que son las que cada equis tiempo publican un contenido predeterminado. Luedo están las de monitoreo, que son las que rastrean publicaciones de otras cuentas y cuando estas publican ellas los comparten.
Y luego están las de amplicación que son las que vende Devumi y que lo que hacen es dar favoirtos y retuitear de aquellos usuarios que han comprado el servicio.
El negocio está en el precio, el volumen y la laguna legal que existe al respecto. “Por solo unos centavos de dólar por cada uno, a veces incluso por menos, Devumi ofrece seguidores de Twitter, visitas en YouTube, reproducciones en SoundCloud y recomendaciones en LinkedIn”, señalan los autores del reportaje de The New York Times.
Una de las claves está en el hecho de que esta empresa ni siquiera se molesta en crear las cuentas que ofrece a sus clientes, si no que las compra a mayoristas a un precio aún menor. Un ejemplo sería la adquisición a Peakerr de mil bots de alta calidad y en inglés por un dólar. Paquete que luego Devumi venderá por 17 dólares.
Desde The New York Times decidieron hacer una compra para experimentar en primera persona cómo funcionaba el sistema y pagaron 225 dólares a cambio de 25.000 seguidores en una cuenta que crearon específicamente para la investigación. Después estudiaron al detalle los seguidores concluyendo que si bien los 10.000 primeros parecían personas reales, el resto, no tanto.
Entre algunos de los nombres de quienes han usado estos servicios se encuentra el del actor Jonh Leguizamo, quizá el rostro más conocido fuera de EE.UU. de todos los que se mencionan en el reportaje.
También se señala a otros como Michael Dell, de la empresa informática que lleva su apellido; el comentarista deportivo Ray Lewis; o Akbar Gbajabiamila, presentador de American Ninja Warrior.
Uno de los aspectos más interesante del asunto es el servicio que esta empresa presta a los denominados ‘influencers’ y su burbuja. Y más aún después de que en los últimos días hayan salido a la luz los casos de dos de estos ‘influenciadores’ que intentaron alojarse gratis en un hotel o comer gratis a cambio de hablar de los locales a los que enviaron su petición en sus redes sociales.
Siendo tan barato conseguir seguidores, en realidad cualquiera puede ser uno de ellos. Más aún dados lo réditos que una pequeña inversión conlleva.
Según datos de Captiv8 recogidos por The New York Times en La fábrica de seguidores, un ‘influencer’ con 100.000 seguidores puede ganar fácilmente 2.000 dólares por un tuit promocionado y alguien con 1 millón de seguidores, 20.000 dólares.
Y no solo se trata de comprar seguidores para ganar en notoriedad y conseguir un rendimiento económico o material como bolsos, noches de hotel y comida gratis, detrás ahí mucho más. La capacidad de generar opinión pública en uno u otro sentido es tan fácil como hacerse con un puñado de cuentas automatizadas. Es algo en lo que se adentraba de lleno la última temporada de Homeland.
Desde The New York Times han diseccionado y puesto en evidencia el negocio que promueve Devumi y del que pocos de los compradores consultados han querido reconocer ser clientes.
Una empresa que vive de vender notoriedad virtual y que tiene como cabeza visible a German Calas, un joven de 27 años que sabe bien lo que es aparentar.
Calas niega que su compañía venda seguidores falsos y asegura, según recoge the New York Times, saber nada de identidades robadas. “Las acusaciones son falsas y no tenemos conocimiento de ninguna de esas actividades”, contestó al periódico por correo electrónico.
De su biografía y su currículum se sabe poco, ya que la línea entre lo real y lo ficticio está borrosa. Se ha llegado a atribuir una licenciatura en Física de la Universidad de Princeton en el 2000, cuando tendría 10 años, y un título del MIT que no existe.
En cuanto a Devumi, la transparencia en la empresa no existe. Aunque se asegura que las oficinas están en Nueva York, lo cierto es que parece que en realidad están en Florida, según ha confirmado el periódico.
El reportaje completo de The New York Times, La fábrica de seguidores, se puede leer en su versión online en castellano y, además, interactuar con la infografía que da aún más detalles sobre la investigación realizada por sus autores.
Fuente: Yahoo Finanzas